En diciembre de 2020, el Gobierno de México emitió un Decreto Presidencial con una meta contundente: eliminar de manera gradual el uso del glifosato, sus formulaciones comerciales y las semillas transgénicas para el año 2024. Sin embargo, el tema se complica cuando se trata de llevar a la realidad del campo mexicano un decreto creado en una oficina. Es ahí donde chocan dos realidades completamente distintas.
Un estudio de campo realizado en el ejido Bella Esperanza, dentro del municipio de Coatepec, Veracruz, expone la desconexión entre la política ambiental centralizada y el día a día de la vida campesina. Bella Esperanza es una comunidad rural de 1,618 habitantes donde el 90% de la actividad económica depende directamente de la agricultura.
Para evaluar el uso de insumos químicos en este entorno, un equipo de investigación ejecutó un muestreo transversal exploratorio dividido en cuatro cuadrantes durante el periodo 2020-2021. Pese a las restricciones por la pandemia de COVID-19 y la desconfianza la gente de la localidad, se logró encuestar a 37 productores agrícolas, estableciendo una muestra representativa de las prácticas agrícolas en la zona.
Los datos obtenidos plantean algunas interrogantes pero enfoquémonos en una: ¿es factible erradicar un herbicida en un plazo de cuatro años cuando la economía local, el manejo de plagas y las redes comunitarias están estrechamente ligados en torno a él? A continuación, analizamos los cinco hallazgos más reveladores de este diagnóstico.
La fiebre del limón persa desplazó al café (y cambió la química del suelo)
El municipio de Coatepec, Veracruz ha experimentado una reconversión productiva drástica. Históricamente reconocido por su producción de café de sombra, el ejido Bella Esperanza ha atestiguado cómo este cultivo ha sido desplazado por el limón persa. Esta transición tiene su origen en la severa crisis internacional de precios del café entre 1989 y 1994, sumada al devastador impacto fitosanitario de la roya del cafeto y los ataques de nematodos conocidos por su gran capacidad de causar enfermedades en plantas y animales; estos son algunos de los factores que volvieron insostenibles los costos de producción.
Los ejidatarios cambiaron su producción agrícola hacia el limón persa aprovechando que Veracruz es el principal estado productor del cítrico en México, además de ocupar el segundo lugar mundial en exportación de esta materia prima. No obstante, esta sustitución modificó de raíz de las condiciones y características de un suelo que deben tomarse en cuenta para cultivar.
El limón requiere la ausencia total de plantas competidoras que disputen nutrientes o sirvan como un espacio donde se puedan desarrollarse plagas y enfermedades críticas como la gomosis, el virus de la tristeza de los cítricos y el minador de la hoja. Esta exigencia de “limpieza absoluta” disparó la intensidad de la aplicación de herbicidas.
Distribución porcentual de cultivos en el ejido Bella Esperanza:
- Limón persa: 38%
- Café: 30%
- Caña de azúcar: 19%
- Maíz: 8%
- Frijol: 5%
La falsa idea de que el glifosato es inofensivo y el rechazo a las medidas de protección
El estudio en Bella Esperanza reveló una paradoja sobre la percepción del riesgo químico en el sector rural. El 54% de los agricultores encuestados utiliza el glifosato como su principal método para el control de la maleza (representando el 56% del total de usuarios de plaguicidas). Sin embargo, el 100% de los aplicadores entrevistados considera que el glifosato es un producto del todo inocuo (no dañino) para el medio ambiente y la salud humana.
La creencia de que este producto es inofensivo para la salud ha llevado a que los agricultores no utilicen mascarillas, guantes ni trajes impermeables. Lo preocupante es que esta conducta persiste a pesar de que un 7.5% de los encuestados reportó haber presentado síntomas agudos de intoxicación «dolor de cabeza intenso y náuseas» durante o inmediatamente después de la aplicación, sin que estas manifestaciones clínicas motivaran un ajuste en sus hábitos de manejo.
A esto se suma el incumplimiento en las concentraciones de aplicación. El estudio identificó tres rangos de dosificación en campo: dosis mínima (2 L/ha), dosis media (4 L/ha) y dosis máxima (6 L/ha). Al no respetar la frecuencia ni las concentraciones recomendadas en las fichas técnicas de las distintas marcas comerciales, el volumen de ingrediente activo liberado al ecosistema Supera por mucho la capacidad de absorción del suelo.
“A pesar de que las etiquetas técnicas de los fabricantes especifican la necesidad de utilizar equipo de protección especial para la manipulación de plaguicidas, en la práctica empírica del campo los productores consideran innecesaria dicha protección, desestimando incluso síntomas manifiestos de intoxicación como náuseas y cefaleas.”
La red comunitaria pesa más que la norma oficial
Al evaluar el proceso de toma de decisiones de los ejidatarios, los datos confirman que las redes de confianza social y el boca en boca tienen un impacto mayor que las campañas institucionales o la mercadotecnia comercial. El 40% de los agricultores encuestados afirmó que elige el glifosato por recomendación directa de otro productor de la comunidad, cifra que eclipsa las sugerencias de los vendedores de agroquímicos (12.5%), las razones puramente económicas de precio (2.5%) o la efectividad percibida del producto (2.5%).
Un dato analítico clave es que un 42.5% de los entrevistados se abstuvo de responder a esta sección del cuestionario. Esta elevada tasa de no respuesta refleja la cautela y la reticencia del productor local ante cuestionamientos sobre sus insumos, alimentada por el temor a sanciones regulatorias y por una histórica desconfianza hacia los actores externos.
Este escenario ofrece una lección fundamental para la política pública: los programas agroecológicos impositivos suelen colapsar por ignorar la cohesión social de los ejidos. Si las dependencias del sector no logran convencer a los liderazgos comunitarios clave sobre la efectividad de alternativas sostenibles, la adopción de nuevas tecnologías seguirá estancada. La verdadera transferencia tecnológica en el campo opera de par a par, no de escritorio a parcela.
La ilusión de la prohibición para 2024 y la persistencia de químicos prohibidos
La meta gubernamental de erradicar el glifosato para 2024 colisiona con la realidad técnica de las parcelas. Un 32.5% de los ejidatarios de Bella Esperanza ha aplicado glifosato de forma continua durante un periodo de entre 10 y 15 años, mientras que un 17.5% lo ha hecho entre 5 y 10 años, y un 7.5% entre 1 y 5 años (con un 42.5% que prefirió no declarar la antigüedad de uso). Esta cimentación temporal demuestra una dependencia tecnológica profundamente arraigada.
Mientras el Gobierno Federal impulsó desde dependencias como el CONACYT alternativas que van desde el uso de maquinaria (desbrozadoras y motocultores) y coberturas vegetales hasta el modelo ACCI-MICI (Agricultura Campesina de Conocimientos Integrados y Manejo Integral de Cultivos Inducidos), en el ejido Bella Esperanza no existe rastro de monitoreo oficial, financiamiento o acompañamiento técnico para estas metodologías.
La vulnerabilidad del esquema de supervisión estatal se hace más evidente al observar la presencia de otros plaguicidas altamente peligrosos. A la par del glifosato, en la zona se siguen vendiendo y aplicando ingredientes activos como el paraquat (3%) y el 2,4-D (3%), agroquímicos severamente restringidos o prohibidos en decenas de países por su elevada toxicidad agromédica. La presencia continua de estos productos confirma que la prohibición de 2024 es una meta desarticulada, lastrada por la falta de información en las comunidades, el escaso control sobre la cadena de comercialización de insumos y la ausencia de inspección institucional en el territorio.
La solución biológica que ya habita en los suelos contaminados
El uso continuo de glifosato puede alterar de manera importante las características del suelo. En los suelos ácidos y arcillosos característicos de esta región de Veracruz, el herbicida tiende a adherirse a los óxidos de hierro presentes en la tierra, lo que favorece su permanencia en el suelo. Su descomposición incompleta por acción de los microorganismos produce ácido aminometilfosfónico (AMPA), una sustancia derivada del glifosato que puede permanecer en el ambiente durante más tiempo y presentar una toxicidad superior a la del herbicida original.
Este comportamiento desmiente las directrices de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, 2019), las cuales asumen que el glifosato no es persistente ni tóxico bajo el supuesto de que el agricultor cumple estrictamente las dosis y frecuencias de la etiqueta, sin evaluar el impacto real de las formulaciones comerciales ni la acumulación paulatina de AMPA en suelos tropicales.
Sin embargo, el mismo problema ha generado una solución científica. Transcurridos entre 10 y 15 años de aplicaciones ininterrumpidas a dosis de hasta 6 L/ha, los suelos de Bella Esperanza han estado sometidos a una intensa presión de selección evolutiva. Esta exposición prolongada favoreció la supervivencia y proliferación de microorganismos endógenos (bacterias y hongos nativos) capaces de tolerar el compuesto y de romper el enlace carbono-fósforo (C-P) característico del glifosato y del AMPA para metabolizarlos.
Aquí radica la oportunidad de la biorremediación: en lugar de importar biotecnologías externas, la ciencia local puede aislar, seleccionar y reinsertar estas poblaciones microbianas nativas ya adaptadas para degradar los residuos tóxicos en el terreno. Esta alternativa biológica permite acelerar la restauración del suelo y a sus componentes mientras se construye una transición agroecológica viable y técnicamente sustentada.
Reflexión Final
El diagnóstico del ejido Bella Esperanza demuestra que la transformación del sector agropecuario mexicano no se decreta mediante publicaciones en el Diario Oficial de la Federación. Erradicar un insumo sin resolver las presiones del mercado, así como exigir la erradicación total de la maleza en las parcelas de limón, sin considerar las dinámicas de comunicación comunitaria y sin ofrecer alternativas biológicas válidas, genera un vacío que termina por perpetuar la clandestinidad o la sustitución por químicos más peligrosos.
El camino hacia la sostenibilidad no requiere solo de normas que establezcan sanciones, sino de la integración de la ciencia local con la realidad del campesino. Apoyar la biorremediación a partir de la microorganismos que habitan en el suelo representa un camino pragmático para sanar la tierra y acompañar al productor en una transición paulatina y justa.
Para reflexionar. Ante la complejidad del campo mexicano, ¿basta únicamente con políticas prohibitivas o también es necesario invertir en investigación adaptada a las condiciones de cada región y en técnicas para recuperar los suelos contaminados?
Durán Molina, L. M., García Barradas, O., Díaz Martínez, M. E., Gómez Martínez, M. J., Mendoza Cervantes, G., & Argumedo Delira, R. (2024). Actividades agrícolas y uso de glifosato en el ejido de Bella Esperanza, Coatepec, Veracruz. Revista Mexicana de Ciencias Agrícolas, 15, Artículo e3204. https://doi.org/10.29312/remexca.v15i2.3204









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