La naturaleza no es un conjunto de recursos. Es una comunidad de vida.
Durante mucho tiempo vimos a la naturaleza como un ยซalgoยป ajeno a nosotras, a nosotros. Como un paisaje digno de contemplar desde un mirador, el bosque que proporcionaba madera, el rรญo que abastecรญa de agua a una ciudad o la montaรฑa donde podรญan extraerse minerales. Incluso nuestro lenguaje refleja esa forma de entender el mundo: hablamos de recursos naturales, capital natural, aprovechamiento, explotaciรณn o productividad.
Las palabras no son inocentes. Cada una expresa una manera de comprender la realidad. Cuando hablamos de ยซrecursosยป, casi sin darnos cuenta comenzamos a mirar bosques, rรญos, mares y montaรฑas como bienes materiales inagotables al servicio de las personas. La naturaleza vista no como una comunidad de seres vivos sino como un inventario de objetos disponibles.
ยฟY si existiera otra manera de mirarla?
ยฟY si la naturaleza fuera mรกs que un conjunto de recursos? ยฟY si, en lugar de pensarla como algo externo, comenzรกramos a entenderla como una inmensa red viva de la que tambiรฉn formamos parte? Una comunidad donde cada organismo mantiene relaciones con otros; donde la energรญa, la materia y la informaciรณn circulan continuamente haciendo posible la existencia de millones de formas de vida.
Quizรก el mayor cambio que necesitamos no sea tan solo tecnolรณgico, econรณmico o incluso polรญtico. Tal vez debamos pararnos a reflexionar, a tratar de comprender nuestro lugar en en esta red de vida. Porque la manera en que nombramos la naturaleza termina influyendo en la manera en que habitamos la Tierra.
Una idea mucho mรกs antigua de lo que parece
Esta mirada o forma de relacionarse con la naturaleza no es una propuesta reciente. Durante miles de aรฑos numerosos pueblos entendieron que la vida no estaba dividida entre seres humanos y naturaleza.
Las diferencias entre culturas son enormes y serรญa un error pensar que todas compartรญan exactamente la misma visiรณn del mundo. Sin embargo, muchas coincidรญan en algo fundamental: rรญos, montaรฑas, animales, plantas y personas no son entidades aisladas, sino integrantes de una misma comunidad de vida.
Las personas cultivaban, pescaban, cazaban, construรญan y utilizaban los bienes que necesitaban para vivir. La diferencia estaba en reconocer que toda acciรณn ocurrรญa dentro de una red de relaciones de la que ellas mismas dependรญan y a la que tambiรฉn pertenecรญan.
Durante siglos esa forma de comprender el mundo conviviรณ con mรบltiples culturas. Sin embargo, otra manera de pensar surgiรณ y fue ganando terreno hasta convertirse en la visiรณn dominante.
Cuando dejamos de sentirnos parte
La idea de que la naturaleza existe principalmente para servir a la humanidad no apareciรณ de un dรญa para otro.
Se fue consolidando junto con la expansiรณn colonial europea, el pensamiento moderno y la Revoluciรณn Industrial. Poco a poco comenzรณ a imponerse una forma distinta de observar el mundo: aquello que antes era una comunidad de vida empezรณ a describirse como un conjunto de recursos disponibles.
Los bosques comenzaron a medirse por la madera que podรญan producir. Los rรญos por el agua que podรญan suministrar. Las montaรฑas por los minerales que contenรญan. Los humedales por el terreno que podรญa recuperarse para la agricultura o las ciudades. Incluso la biodiversidad empezรณ a clasificarse segรบn su utilidad para las actividades humanas.
Este cambio transformรณ profundamente nuestra relaciรณn con el mundo vivo. Sin darnos cuenta dejamos de preguntarnos cรณmo convivรญamos con el resto de los seres vivos y comenzamos a preguntarnos cuรกnto podรญan ofrecernos.
La naturaleza dejรณ de ser una comunidad viva para convertirse en una fuente de materias primas.
Y nosotras, nosotros dejamos de reconocernos como una expresiรณn de esa comunidad para asumir el papel de observadores, administradores o propietarios de un mundo que parecรญa existir mรกs allรก de los seres humanos.
Quizรก ahรญ comenzรณ una de las mayores ilusiones de nuestra historia: la idea de que podรญamos separarnos de la red de la vida y observarla desde afuera.
La red que sostiene la vida
La visiรณn predominante nos ha querido mostrar a la naturaleza como si รฉsta estuviera formada por piezas independientes. Un bosque solo como un conjunto de รกrboles. Un rรญo, una corriente de agua. El suelo, simplemente la superficie donde crecen las plantas.
Hoy sabemos que esa imagen estรก incompleta.
Un bosque es mucho mรกs que sus รกrboles. Es una comunidad de vida donde millones de seres interactรบan de forma permanente. Bajo la superficie, las raรญces se entrelazan con hongos microscรณpicos que intercambian nutrientes e informaciรณn. Bacterias, insectos y pequeรฑos invertebrados transforman las hojas caรญdas en nueva vida. Las aves dispersan semillas. Los polinizadores hacen posible la reproducciรณn de innumerables plantas. Nada ocurre por separado.
Cada ser influye sobre otros y, al mismo tiempo, es influido por ellos.
Lo mismo sucede en un rรญo. No es รบnicamente el agua que corre entre las piedras. Tambiรฉn son los microorganismos que habitan en ella, los peces que recorren su cauce, la vegetaciรณn que protege sus orillas, los sedimentos que transporta y los ciclos que conectan las montaรฑas con el mar.
La vida no se encuentra รบnicamente en cada organismo. Tambiรฉn estรก en las relaciones que los unen.
En esa inmensa trama circula continuamente energรญa, materia e informaciรณn. La luz del Sol se transforma en alimento. Una hoja cae al suelo y, con el tiempo, pasa a formar parte de nuevos organismos. Una flor atrae a un polinizador. Un hongo intercambia nutrientes con las raรญces de un รกrbol. Una bacteria transforma compuestos que otros seres vivos volverรกn a utilizar.
La vida es un intercambio constante.
Quizรก por eso resulta tan difรญcil establecer una frontera clara entre un ser vivo y el mundo que lo rodea. Ningรบn organismo existe completamente aislado. Todos forman parte de una red de relaciones que hace posible la existencia de los demรกs.
Una especie mรกs dentro de la comunidad de la vida
Durante mucho tiempo imaginamos que los seres humanos ocupรกbamos un lugar distinto dentro de esa red. Nos acostumbramos a pensar que la naturaleza era el escenario donde transcurrรญa nuestra historia. Sin embargo, nuestra propia existencia cuenta otra historia.
Cada respiraciรณn depende del oxรญgeno producido por otros seres vivos. Cada alimento es el resultado de incontables relaciones entre el suelo, el agua, los microorganismos, las plantas, los insectos y el clima.
Millones de microorganismos viven en nuestro cuerpo y participan en procesos indispensables para la vida. El agua que bebemos ha recorrido durante millones de aรฑos nubes, montaรฑas, bosques, rรญos, acuรญferos y ocรฉanos.
Nada de eso ocurre fuera de nosotros. Somos una especie mรกs dentro de esa inmensa comunidad de vida.
Esto no significa que todos los seres vivos sean iguales ni que desempeรฑen el mismo papel. Cada uno ocupa un lugar distinto dentro de una red extraordinariamente compleja. Pero ninguno existe por sรญ solo.
La vida siempre ocurre en relaciรณn con otras formas de vida.
Cambiar la pregunta
Cuando comprendemos esto, cambian tambiรฉn las preguntas.
Un bosque deja de ser รบnicamente un lugar donde hay รกrboles. Es una comunidad donde miles de especies hacen posible la existencia unas de otras.
Un rรญo deja de ser solamente agua. Es una red de relaciones que conecta suelos, montaรฑas, microorganismos, peces, plantas, animales y personas.
La naturaleza deja de aparecer como un conjunto de objetos disponibles. Comienza a revelarse como una comunidad viva de la que nunca hemos estado separados.
Y quizรก ese sea el cambio mรกs profundo: dejar de preguntarnos quรฉ puede ofrecernos la naturaleza y empezar a preguntarnos quรฉ lugar ocupamos dentro de la gran red de la vida.









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