Bajo el puente del diablo: un caudal tóxico

Un caudal tóxico

Hay un lugar poco conocido y todavía menos visitado. No se encuentra oculto entre el bosque ni lejos de la actividad humana. Por el contrario, está en una zona por la que diariamente transitan cientos de vehículos pero pocos se detienen a observar lo que ocurre ahí «por no decir que ninguno».

Se trata de un punto donde confluyen el río Sordo y el Pixquiac. Un sitio que representa una oportunidad para comprender uno de los problemas ambientales más importantes de esta región. No porque ahí comience la contaminación, sino porque en ese punto se hace visible la relación entre dos ríos con historias distintas, pero marcadas por un mismo proceso de degradación asociado a la actividad humana.

Bajo el puente del diablo dos ríos se encuentran

En el Puente del Diablo, donde ambos cauces se encuentran, también se revela una característica fundamental de los sistemas fluviales: ningún río funciona de manera aislada. A partir de ese lugar, el agua del Sordo y del Pixquiac continúa un mismo recorrido dentro de la cuenca del río La Antigua hasta desembocar en el Golfo de México.

A simple vista, el caudal del río Sordo parece llegar con una carga de contaminación mayor que la del Pixquiac o por lo menos es lo que la espuma que flota por el primero nos hace pensar. Sin embargo, esa diferencia solo adquiere sentido cuando se observa más allá de la fotografía que se muestra al terminar este párrafo. La pregunta no es cuál de los dos ríos presenta un mayor deterioro, sino qué implica que ambos continúen su recorrido como una sola corriente tóxica dentro de una de las cuencas más importantes del centro de Veracruz.

confluencia del río sordo con el pixquiac

Dos ríos un mismo cauce

Con frecuencia analizamos la contaminación de los ríos como si cada cauce representara un problema independiente. Se habla del Sordo, del Pixquiac, del Sedeño o de cualquier otro afluente por separado, cuando en realidad todos forman parte de una misma red hidrológica. Esa fragmentación también ha influido en la forma en que entendemos la crisis ambiental. Se documentan descargas, se denuncian focos de contaminación o se evalúan tramos específicos, pero pocas veces se observa el proceso completo mediante el cual el agua conecta esos impactos y los transporta río abajo.

El río Sordo se une con el Pixquiac en la localidad de Puerto Rico, municipio de Coatepec, Veracruz a unos metros del Puente del Diablo. A partir de ese punto, ambos forman parte de un mismo cauce dentro de la cuenca del río La Antigua. En términos sencillos, esto significa que la contaminación no permanece en el sitio donde se originó. El agua continúa su recorrido, se incorpora a corrientes de mayor tamaño y transporta consigo las características físicas, químicas y biológicas adquiridas a lo largo del trayecto. La contaminación no desaparece; se desplaza e interactúa con otros ecosistemas hasta llegar, finalmente, al mar.

Por esa razón, centrar la atención únicamente en el lugar donde ocurre una descarga ofrece una visión incompleta del problema. Los ríos no retienen la contaminación en un solo punto. La corriente incorpora sedimentos, nutrientes, materia orgánica y contaminantes provenientes de cada uno de sus afluentes. Ese funcionamiento es propio de cualquier cuenca hidrológica y explica por qué el deterioro de un río termina repercutiendo en muchos otros.

Un proceso de degradación constante

Durante los últimos años, distintos monitoreos han documentado un deterioro progresivo tanto en el río Sordo como en los tramos urbanos del Pixquiac. Descargas de aguas residuales, malos olores, presencia de materia fecal y alteraciones en la calidad del agua forman parte de un problema señalado de manera constante por habitantes, organizaciones y especialistas. No se trata de un fenómeno reciente, sino del resultado de décadas de crecimiento urbano sin una infraestructura de saneamiento capaz de responder a ese proceso.

Reducir esta situación a un problema exclusivamente técnico también limita su comprensión. Es cierto que la infraestructura hidráulica y el tratamiento de aguas residuales son elementos indispensables «deberían de serlo», pero el estado de estos ríos plantea una discusión más amplia sobre la forma en que se ha ocupado el territorio. Los cauces urbanos suelen convertirse en el destino final de decisiones tomadas lejos del propio río. La expansión de la mancha urbana, la impermeabilización del suelo, los asentamientos sin servicios suficientes, las descargas clandestinas y la falta de vigilancia ambiental terminan reflejándose en la calidad del agua.

canal de riego en el río sordo

Los ríos no son solo agua, son historias

La confluencia entre el Sordo y el Pixquiac nos muestra el resultado de ese proceso acumulativo. La contaminación no aparece de manera espontánea ni responde a un solo factor. Es la consecuencia de múltiples decisiones, omisiones y formas de ocupación del territorio que, con el paso de los años, terminan concentrándose en un mismo sistema fluvial. Muchas personas tienen la imagen de un río Pixquiac limpio y óptimo para nadar por tramos donde el agua conserva mejores condiciones, como ocurre en la zona de La Pitaya, mientras que pocas conocen que a unos cuantos metros más adelante «o corriente abajo» el panorama cambia de manera drástica.

Una de las consecuencias más preocupantes de esta situación es que hemos aprendido a observar los ríos por fragmentos. Conocemos el sitio donde solemos caminar, donde todavía es posible entrar al agua o donde la contaminación resulta menos evidente. Pero pocas veces seguimos el recorrido completo de un cauce. Esa mirada parcial también limita nuestra comprensión del problema.

Visitar la confluencia entre el Sordo y el Pixquiac permite hacer justamente ese ejercicio. No para encontrar respuestas definitivas, sino para comprender que los ríos tienen más de una historia que contar y que en sus cauces se refleja las distintas formas que tenemos de relacionarnos con ellos y con el medioambiente.


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